Lo difícil no es entrar, simpre hay una primera puerta, lo complicado y estresante es manejarse en el laberinto de caminos que se entrecruzan y te devuelven a la entrada con el orgullo herido y la triste sospecha de que esto no es para vos, de que estás viviendo en el siglo equivocado. Me enriedo en las redes, tropiezo en sus nudos, esquivo sus mares inabarcables.
A veces extraño el banco de madera de mi escuela y el olor a perfume de mi maestra que se inclina hacia mí y adorna mi dibujo con un Muy Bien Diez Felicitado. Siempre quise imitarle la F de Felicitado, le salía perfecta, era la F de forma, de feliz, de familia...
La creatividad
y la escuela se asocian para mí con todo eso, con el espacio que te provea
de la contención y libertad para que te vayas descubriendo, con la alegría del
juego y la música, con los relatos que guardan los libros, con los lápices de
colores y las acuarelas, con el disfrute de resolver una cuenta...
La visión de Virginia, en verdad romántica, interpreto que guarda ciertas añoranzas, tal vez basada en el refrán "todo tiempo pasado fue mejor". Quizás es en la resistencia al cambio en sus múltiples formas, donde se genera cierto tipo de sufrimiento, frustración por entender que esto de las redes y su interconexión no es para nosotros, sino para los "pibes". Pues bien, somos docentes y a menudo recitamos que el aprendizaje es un proceso continuo que dura toda la vida...(o algo más o menos así, no?). Bien, no es más que esto. Se trata no de resistir un avance tecnológico imparable, sino de adpatarse y fluir con él. Y será nuestra misión, una vez dominado el aspecto tecnológico que realmente es lo de menos, darle a esta nueva forma de hacer las cosas un poco del romanticismo que Virginia señala. A mi entender, este es el verdadero desafío.
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